robots

Cánovers /
Conrado Gómez

Que la mecanización de la vida es una realidad es algo que no sorprende a nadie. Que el proceso de deshumanización llevará consigo otro inmediato de esclavización es, por el contrario, un hecho que nos negamos a asumir. Ocurrió sin darnos cuenta. Nos vendieron que la tecnología había llegado para traer más comodidades y facilitar las gestiones a los ciudadanos y no nos hablaron de lo que perderíamos en el camino. Un sistema incontrolable del que aún no sabemos hasta dónde nos conducirá. Hay cientos de películas que relatan un futuro apocalíptico dominado por máquinas. Pensamos que es algo de ciencia ficción mientras compramos en Amazon, miramos nuestro extracto bancario en internet o pedimos comida a través del móvil. De momento es todo más sencillo, menos humano, pero tremendamente más cómodo. Vamos a nuestra sucursal de siempre y comprobamos que cada vez hay menos personal. Su atención al cliente está dejando paso a pantallas táctiles que te dicen cuándo te toca y quién te atiende. Hasta que tu asesor sea sustituido por otra máquina. No es una profecía. Es algo que ya ocurre en Japón. Y no sólo en el sector de la banca. En la mismísima medicina están dando responsabilidad a robots que manejan el bisturí con una precisión nunca vista.

Somos esa rana en una olla llena de agua tibia que empieza gradualmente a calentarse hasta entrar en ebullición. Nos pasará lo mismo. Sólo notaremos que el placer se vuelve sofoco cuando sea demasiado tarde, cuando la maquinización haya sustituido al ser humano. No habrá destrucción de empleo porque nunca se creará. El resultado del control mecánico será una subordinación absoluta del sistema hacia el poder, que cada vez estará concentrado en menos manos.

Amazon anunció la semana pasada su intención de desembarcar en el comercio minorista. Imagínense a este gigante metiendo sus zarpas en las tiendas de su barrio. Imagínense una tienda inmensa donde los productos pueden encargarse de inmediato a través de un sistema de pantallas táctiles con precios sin competencia. Imagínese también una tienda sin dependientes con un robot que le recoja las devoluciones y le emita su factura. No podemos precisar cuánto tiempo tardará en llegar este nuevo mundo, pero no les quepa ninguna duda de que acabará coexistiendo con los tenderos de barrio, aquellos que resistan gracias a su mercancía fresca. Pero ya se inventarán un sistema para acabar con ellos también.

Con la seguridad como argumento han conseguido acabar con el derecho a la intimidad, y una vez que conocen nuestros patrones de consumo pueden crearnos un mundo a medida, justo a la altura de nuestras necesidades. Todo a la carta.

La rebelión pasa por no dejarse arrastrar. Sí, probablemente no sirva de nada y estemos en un camino sin retorno, pero yo he vuelto a esperar a que me atienda alguien en el banco, comprar en el súper del barrio o llamar por teléfono para escuchar la voz de quien está al otro lado. La lucha contra la deshumanización se mide en términos de rentabilidad, cierto, y lo tenemos perdido, pero aún tenemos la decisión última de alargar lo máximo posible la despedida del mundo que conocimos.


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