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El embarcadero como triste símbolo de una época

embarcadero

La temperatura de las palabras /
José María Cumbreño

Cada vez que, camino de Mérida, paso con el coche por el tramo de autovía que rodea Aldea Moret, no puedo dejar de mirar durante unos segundos (si no voy conduciendo, claro) hacia El Embarcadero y decirme a mí mismo que qué pena que haya terminado siendo lo que es.

Porque cualquiera que busque en internet información sobre ese edificio se encontrará con una página en la que abundan expresiones como “modelos de negocio”, “pymes”, “punto de activación empresarial” o “posibilidades para emprendedores”. Eso en sí mismo no es malo, por supuesto. Sin embargo, a mí me resulta tristísimo que lo que estaba destinado a convertirse en el referente cultural de la región haya quedado reducido a un espacio (como hay miles en todo el país) en el que el dinero desempeñe el papel protagonista.

Se ve que un político donde dijo “digo” puede decir “Diego” o lo que le venga en gana. La prueba es que incluso se ha llegado a negar que el propósito con el que se construyó El Embarcadero sea distinto del que ahora tiene.

Pues no. A ver. Que no pasa nada por adaptar los medios de los que se dispone a nuevas necesidades. Estaría bueno. Lo que me produce tristeza es que siempre se trate a la cultura como a un pariente pobre e indeseado del que se puede prescindir en cuanto se nos antoje.

Como todo el que quiso, yo estuve en la inauguración del Embarcadero. Aquel día me encontré con representantes de casi todas las disciplinas artísticas: desde pintores hasta escritores, músicos o ilustradores. A todos les brillaban los ojos ante la posibilidad de que aquello fuera a cuajar y a constituirse (eso se repetía una y otra vez) en el puntal de la cultura de esta tierra. El modelo parecía claro: el Matadero de Madrid, la Alhóndiga de Bilbao o la Laboral de Gijón, antiguos edificios industriales que, una vez restaurados, se habían recuperado para la cultura. De hecho, su programación, repleta de continuas y variadas actividades, permite disfrutar a quienes participan en ellas del magisterio de intelectuales y artistas de primer nivel.

En Cáceres (qué poco dura la alegría en casa del pobre), las expectativas se mantuvieron con vida seis meses, justo el tiempo que duró la generosa asignación que había venido de Europa. A partir de ahí, en picado. El Embarcadero se cerró con la excusa del verano y cuando se volvió a abrir ya se había transformado en otra cosa.

“Modelos de negocio”, “pymes”, “punto de activación empresarial”, “posibilidades para emprendedores”… Que sí. Que todo eso está muy bien. Pero lo anterior también lo estaba y con lo de la supuesta crisis se encontró la justificación ideal para multiplicar por cero aquel hermosísimo proyecto. En el fondo, demuestra lo que la cultura representa para esta sociedad: algo decorativo, puramente ornamental. Y, si representa eso, se debe a que interesa que así sea. El poder (que nunca es político, sino económico) no quiere personas creativas. Suelen padecer el defecto de tener criterio propio y se vuelven difíciles de manejar. El poder no quiere personas: quiere consumidores. De ahí que, por poner dos ejemplos, en algunos periódicos las noticias de cultura haya que buscarlas en la sección de “ocio” o que en nuestra región la cultura ni siquiera merezca una consejería propia.

“Modelos de negocio”, “pymes”, “punto de activación empresarial”, “posibilidades para emprendedores”… Me temo que, por desgracia, en nuestra sociedad sigue teniendo vigencia aquella cita del maestro Antonio Machado en la que aseguraba que “todo necio confunde valor y precio”.

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