La amistad y la palabra
Enrique Silveira

No podía recordar Juan la primera vez que había sonreído, pero sí tenía bien presente la primera noche en vela, con las sábanas en los ojos, porque no había sido capaz de contener el miedo. Fue este un acontecimiento que rara vez se repitió a lo largo de su infancia que estuvo densamente poblada de muchas sonrisas como esa que no podía recordar. Desde luego tenía motivos para ello: sus padres habían colmado su existencia de cariño y dedicación, sus familiares más próximos parecían competir por ser los más queridos- salvo su tío Andrés, que jamás superó el abandono de su esposa- y nunca había carecido de lo necesario como para sentir celos de alguien. Así pudo conservar su jovialidad en las siguientes etapas de la vida, un poco también por no sufrir los embates del infortunio como les había ocurrido a algunos compañeros de peripecias. A Juan le encantaba el apodo que lució con orgullo en el colegio, Festivo, de tal manera que su nombre había quedado relegado y solo prestaba atención cuando le llamaban con el que no se correspondía con el bautizo: le parecía una distinción.

Esa sonrisa no se adquiere con dinero e influencias y te asegura arrugas de las que podrás sentir orgullo

Trabajó duro Juan para hacerse un sitio en la sociedad; primero los estudios en secundaria, después la universidad y, tras un tiempo en el extranjero, el acceso a una gran empresa que le abrió las puertas del mundo laboral y también las de la estabilidad financiera necesaria para poder planificar su futuro familiar. Ahora, en la tarea para la que se había preparado tan afanosamente, andaba Juan algo trastocado. Hacía mucho que nadie le llamaba Festivo, pero nunca había perdido el entusiasmo; seguía riendo por todo y con todos de manera que sus días laborables parecían el último antes de unas largas vacaciones, se entregaba en el trabajo como si la empresa fuera la herencia paterna; sin embargo, veía cómo sus compañeros mejoraban sus condiciones laborales cuando su eficacia distaba mucho de ser la que él aportaba a la compañía, mientras las suyas permanecían inamovibles. Eso fue lo que resquebrajó su sonrisa.

Tras otra noche en vela en la que las sábanas ya no fueron sus aliadas, se decidió a hablar con su jefe – hombre taciturno, malhumorado, sensiblemente más joven que él – para al menos saber la razón de que todos ascendieran antes aunque fueran menos expertos y capaces. Y se encontró Juan con el primer momento en su existencia en el que alguien le recriminaba su alegría. El jovenzuelo de mal carácter le espetó que las labores directivas requerían una seriedad que no poseía. Ese fue el primer día en el que Juan tuvo unas incontenibles ganas de llorar; no entendía por qué la eficiencia había de ir de la mano de la seriedad, a la que Juan consideraba más un lastre que una virtud, y nunca hubiera imaginado que la alegría fuera considerada una lacra que desmereciera en el currículo.

Poco tardó en recuperar su gesto habitual que solo cambiaba al cruzarse con el que cercenó sus legítimas aspiraciones, en justo pago. La presencia del encrespado jefe no consiguió que su salida del trabajo se produjera como si se hubiera declarado un incendio, ni que siguiera despertando envidia entre los que lo rodeaban, porque esa sonrisa no se adquiere con dinero e influencias y te asegura arrugas de las que podrás sentir orgullo, no como las que provienen del ceño eternamente fruncido.


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