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Estudió Psicología en la Universidad de Salamanca, donde también ha impartido clases en el Master de Psicoanálisis Clínico. Doctora en Psicología Clínica es autora del libro “Los caminos de la psicoterapia breve. Del diván al sillón”. En Salamanca también ha coordinado una unidad clínica de psicoterapia durante varios años.

¿Cuál es la diferencia que estriba entre psicología y psiquiatría? ¿Dónde debe acudir un potencial paciente?
Los psicólogos nos encargamos de trabajar los estados emocionales, con estrategias, pero sin ningún fármaco de por medio. Nos encargamos de hacer figuras con las emociones. El psicólogo te puede ayudar cuando tienes un problema que no te desborda. Pero hay personas que no pueden llevar una vida normal por la gravedad de los síntomas que padece (personas con depresiones muy intensas, que no son ni capaces de levantarse de la cama).
El psiquiatra te da un empujón para restablecer unos niveles adecuados, y a partir de ahí poder hacer un trabajo psicológico con el paciente. Hay algunas cuestiones que requieren de fármacos y, por supuesto, tenemos que fijarnos en la intensidad y gravedad de los síntomas. Porque en función de la patología se puede hacer un tratamiento farmacológico conjunto con el psicólogo en trastornos psicóticos como la esquizofrenia, con personas que ya han perdido el contacto con la realidad.

¿Estamos acostumbrados a medicarnos? ¿A buscar una solución al problema mediante el abordaje farmacológico?
A día de hoy, hay una tendencia cada vez mayor a acudir a la farmacología, sin querer preguntarnos el por qué de lo que nos sucede. Cuando uno tiene fiebre y va al médico, no basta con que le den una pastilla para bajar esa fiebre; habrá que saber cuál es el origen de la misma.
En psicología pasa algo parecido. Hay pastillas para la ansiedad, para la depresión, incluso para los cambios de humor, pero todas son un parche si no se trabaja el origen.
El primer recurso del que tira la gente, que cada vez tiene menos tolerancia al sufrimiento, es acudir al psiquiatra o al médico de cabecera a que nos recete algo. Decía Freud que nunca se debe tratar a una persona que está atravesando un duelo, porque sentirse deprimido o triste por la muerte de un ser querido es algo absolutamente normal; un trance que la propia persona tiene que pasar.
Vivimos inmersos en una cultura del placer en la que no se tolera ninguna emoción negativa; no se tolera ni el más mínimo vaivén emocional. La ansiedad y la depresión son las enfermedades del siglo XXI. Aspectos que antes eran considerados normales, ahora comienzan a ser considerados patológicos. Parece que todo tiene que tener un diagnóstico; un nombre y un apellido.
Sucede, por ejemplo, con los niños que son inquietos. Antes era normal, ahora rápidamente se les diagnostica con un trastorno de hiperactividad y se les medica… Por supuesto, detrás de todo esto hay una potente industria farmacológica que tiene mucho interés en este sentido.

“Vivimos inmersos en una cultura del placer en la que no se tolera ni el más mínimo vaivén emocional”

La ansiedad y la depresión han existido siempre…
Sí, pero antes se encajaba de una manera diferente y se veía como algo normal. Ahora existe un rechazo de la sociedad a sentimientos como la ansiedad y la depresión, que están dando lugar a una proliferación exagerada de patologizar aspectos de la vida cotidiana y utilizar un tratamiento farmacológico.

¿Hay épocas del año donde se incrementa el número de personas que demandan la ayuda de especialistas de salud mental?
Hay depresiones que se denominan cíclicas y que aparecen con los cambios estacionales. Es verdad que ciertos trastornos mentales aparecen o empeoran con mayor frecuencia en determinadas épocas del año. Influyen sobre todo las horas de luz, y por eso ahora se está trabajando con luminoterapia. Se sabe que cierta radiación solar que tenemos cuando los días son más largos en el verano, afectan a nuestro estado de ánimo. Existe un lazo entre lo psíquico y lo biológico que no se puede separar.
Influye la lluvia, el viento y la temperatura. Probablemente, la ansiedad y los trastornos del ánimo son los más sensibles a los cambios de tiempo.

En navidades también sucede…
En Navidad también es increíble cómo se intensifican todos los problemas de la vida cotidiana, con los que uno lidia habitualmente, pero que en esas fechas todo se ve acentuado mucho más.

¿Y con la crisis?
La crisis funciona en nuestra sociedad como un estresor, que es una situación conflictiva a la que nos enfrentamos repetidas veces y no podemos solucionar. Por ejemplo, una persona que se ha quedado en paro, busca trabajo y se le cierran todas las puertas.
Pero más allá de unos factores sociológicos que son obvios, no es tanto la crisis en sí, como la forma que cada uno tiene de afrontarla. Es lo que llamamos la capacidad de resilencia, que es la habilidad que tenemos para afrontar los conflictos que se nos vienen. De manera que dos personas que se enfrentan a la misma situación, pongamos pérdida del empleo, una de ellas puede empezar a experimentar sentimientos de incapacidad, de culpa, de auto reproches… mientras que otra puede ver una oportunidad en su situación.
En cualquier caso, es cierto que hay una proliferación brutal en cuanto a trastornos mentales se refiere en nuestra sociedad, las consultas están llenas de personas que sufren conflictos emocionales. Pero esto tiene más que ver con la sociedad de consumo en la que estamos inmersos; el aquí y ahora. Ya no existe la demora subjetiva, no estamos acostumbrados a tener paciencia y esperar. Se instaura una especie de exigencia de la felicidad como un valor irremplazable, y no estamos acostumbrados a asumir los tropiezos.
El nivel emocional lleva un ritmo diferente, de demora, que la sociedad de consumo en la que nos encontramos no es capaz de asumir. La sociedad llega a creer que tenemos que satisfacer todas las necesidades y eso genera una sensación de vacío brutal cuando nos encontramos con necesidades afectivas.


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