Desde mi ventana
Carmen Heras

Hace la friolera de quince años, asistí a un acto político-cultural en Cáceres. Intervenían tres personas conocidas por su trabajo en la escena pública: un Rector, un Alcalde y un Ex Presidente de un país iberoamericano. Independientemente de las competencias, y conocimientos de cada uno, e incluso de la mayor o menor brillantez de sus palabras, el acto se me ha quedado en el recuerdo por las apreciables diferencias entre unos y otros al tener que dirigirse a los que escuchábamos. Me di cuenta entonces, con pulcra exactitud, del valor intrínseco de las palabras y de lo necesario de una correcta interrelación entre ellas para crear un cuerpo entendible de ideas o conceptos.

Busco en el diccionario el significado de la palabra dialéctica: “teoría y técnica retórica de dialogar y discutir para descubrir la verdad mediante la exposición y confrontación de razonamientos y argumentaciones contrarias entre sí”.

Admiro a esos países que incorporan a su sistema educativo las estrategias adecuadas para aprender a hablar a otros con propiedad

Admiro a esos países que incorporan a su sistema educativo las estrategias adecuadas para aprender a hablar a otros con propiedad en lugares públicos de modo que la comunicación y el entendimiento sean posibles. Como en tantas otras cuestiones se trata de aprender las técnicas que ayuden a ello y no dejar que sea la propia selección natural, a través de los genes o los entornos, la que haga a unos buenos, a otros regulares y a los terceros malos en el arte de la dialéctica.

Pensaba yo en ello, al hilo de la muy mejorable defensa que, a veces, profesionales universitarios hacen del trabajo intelectual realizado en la Universidad. Escuchándoles, se me ocurre que pueden no haber defendido nunca (por no estimarlo necesario) ante la sociedad y sus medios de comunicación lo qué significa su tarea ordinaria, docente, e investigadora, más allá de los foros académicos propios.

Lo enredado de las contestaciones que escucho en el caso de la Cifuentes me permite colegir las pocas veces que el preguntado ha expuesto su razón de ser y estar en un entorno mediático ajeno al propio entorno universitario cuyos códigos, reconocidos allí, no tienen por qué serlo tanto en otros ámbitos. Tal vez, en esta manera de entender el trabajo, visto solo internamente entre colegas, estriba alguna de las dificultades de su valoración por la sociedad. Tal vez la acusación de endogámicas que se le hace a las Universidades tiene sentido a la luz de la falta de exposición “fuera” de mucho de lo que se hace “dentro” bajo el pretexto de que el nivel elevado de muchas de las materias universitarias no puede comprenderse al sacarlo de las aulas y laboratorios propios. Lo que, en mi modesto juicio, es un error. No trabajar la interlocución inteligente y el saber hablar dificulta la búsqueda de la verdad y es un defecto claro de las enseñanzas educativas.


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