Historias de Plutón
José A. Secas

En ese sentir tan impreciso y contradictorio que a veces nos azota, nos veo como un corcho a la deriva en un océano interminable (aquí mola más la expresión “proceloso mar”), presa de vientos, corrientes y tempestades que puede terminar en un puerto contaminado, en una playa desierta, congelado en un iceberg o en el estómago de una gaviota voraz. Aunque te veas localizado en el tiempo y en el espacio, regido por horarios y perfectamente vinculado a espacios y lugares a lo largo de tu existencia, a veces sientes que tu vida no es tuya y fluye (o rebota) en un caos impreciso y contradictorio (bueno, eso ya lo he dicho) que agita tu cuerpo y tu mente (por dentro y por fuera) y hace de ti eso: un tapón mecido por las olas (por ejemplo).

Otras veces, empujado por tu limitadita inteligencia y escasa consciencia e influido por cualquiera de los libros de autoayuda que ensucian tu biblioteca, por las bobadas de los tertulianos de la caja tonta o por la luz cegadora con la que los líderes de opinión de redes y medios de comunicación nos deslumbra, nos creemos con opiniones y criterio libremente asimilados, digeridos y vomitados; a veces, gozando de una moral tan alta y tan subiditos que rozamos la petulancia y superamos con creces la gilipollez. Ese estado de creerse el rey del mambo es tan engañoso como cualquier libro sagrado, telediario o película oscarizada. ¿Estamos en la realidad, en la ficción o en Matrix?

Las cosas no son como nosotros nos creemos en nuestra infinita e ilimitada ignorancia

Hemos de andar con un cuidado exquisito a la hora de pensar en qué pensamos, a la hora de observarnos en plan introspectivo, a la hora de colocarnos en la cabeza del pelotón o en la fila del banco; podemos estar equivocados. De hecho creo que siempre estamos equivocados. Las cosas no son como nosotros nos creemos en nuestra infinita e ilimitada ignorancia; las cosas son como lo dicen, lo creen y lo demuestran “los demás”. Lo bueno de todo esto es que es tan relativo que ni siquiera podemos fiarnos de nosotros mismos a la hora de analizar y profundizar en las situaciones propias y ajenas, exógenas y endógenas, cóncavas y convexas, pintas y valdemoras. El análisis racional patina de corriente filosófica en contracorriente de pensamiento, pasa por un péndulo histórico, se desliza por la curva de un ciclo vital y se difumina (o se estrella) en un cerebro infrautilizado como el tuyo.

¿De qué sirve la ironía sin la suspicacia?, ¿cómo se mide la verdad?, ¿por qué permitimos que nos gobiernen los más tontos?, ¿eres tú (él o yo), acaso, una excepción o eres (es o soy) uno más entre todas las partículas de polvo de estrella que buscan su sitio para aterrizar en el Universo?, ¿pensamos por obligación o por devoción?… Y así estaría preguntándome sin parar cosas verdaderamente necesarias para vivir y a las cuales no hago ni caso; no por falta de tiempo, sino porque no practico lo suficiente. De los sentimientos, del alma, de la fe en los dioses y de los peces de colores, hoy no me voy a ocupar, que me tengo que ir a echar de comer a las cabras que las tengo muy desatendidas.


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