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Un reportero turco que cubría en directo el sorteo de Navidad lo describía con atino: “es mucho más que un sorteo, es un gran espectáculo”. El periodista miraba circunspecto y asombrado el canto de los niños de San Ildefonso, que coordinaban mente y cuerdas vocales en esos graznidos melódicos que llevan tanta felicidad a los agraciados como desconsuelo a los que cada año invierten ingentes sumas de sus ahorros buscando el favor del azar, desconociendo que se trata más de una infinitesimal probabilidad que una oportunidad estadística. Hay auténticos apasionados del sorteo del 22 de diciembre. Hay quienes persiguen fechas simbólicas en décimos repartidos por toda España; hay otros que hacen colas interminables en administraciones emblemáticas como la de Doña Manolita en Madrid o la Bruixa d’or de Sort, abonadas a repartir millones cada año por estas fechas. La Lotería de Navidad —con mayúsculas— tiene todas las papeletas —nunca mejor dicho— para convertirse en Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Muchos estudios afloran estos días en los medios de comunicación a favor y en contra de este fenómeno. Detractores de los juegos de azar afirman que la probabilidad de que alguien se haga millonario es casi nula y que en el resto de sorteos el porcentaje es mucho mayor. Afirman que el verdadero afortunado es el fisco español, que se lleva el 20% de los premios desde que metiera mano también a la alegría. Estos estudios señalan que las clases medias y bajas son las que verdaderamente sostienen este sorteo, mientras que las familias acaudaladas se mantienen relativamente al margen. Quizás por eso se descorche champán con tamaña euforia. La gente agraciada necesita el dinero.

Asimismo, abordan el cambio de vida que sufre quien se encuentra de repente con una cuenta cargada de ceros. A los ocho años la mayoría deshace su repentino patrimonio y se tornan huraños y desconfiados. Claro que estos estudios provienen de países en los que es imprescindible identificarse para cobrar el premio. No es el caso de España, donde se puede guardar el anonimato, y por lo tanto documentar los casos es tarea más complicada. Es más, por poder, se puede hasta vender y comprar los décimos agraciados como mecanismo para blanquear el dinero, aunque si el fisco se entera, uno acaba rindiendo cuentas por encima del 20% que de entrada se llevan. Sea como fuere, el español confía más en el azar para hacer fortuna que en tejer, a base de constancia y esfuerzo, una forma rentable de ganarse la vida.


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