La bruja Circe

Cuando nos vemos afectados por cosas tan terribles como la muerte de un niño, hay reacciones en las redes de ira y violencia verbal y también malas gentes que manipulan llevando el ascua a su sardina, provocando la ira y la violencia. Pero cuidado con caer en eso. La ira es una de las pasiones más poderosas en un ser humano.

La ira es una respuesta ante lo que se experimenta como una amenaza, reafirma la identidad y también protege cuando se necesita del vigor iracundo para enfrentar la agresión, pero aunque en un primer momento nos protege, acunarla en nuestro interior nos daña, por eso a la ira alimentada hay que curarla o afectará a nuestra salud. Se presenta de muchos modos y con distintos nombres: resentimiento, odio, intolerancia, irritabilidad, etc. Cuando la ira nos posee, lo común es el malestar y el deseo de confrontar con el otro y corremos a lanzar mensajes de odio o a sacar las cosas de su contexto sin darnos cuenta de que perdemos el tiempo de atendernos y curarnos a nosotros mismos.

Es natural que en un primer momento la sintamos, pero en cuanto nos sea posible limpiemos ese daño, pasada la emergencia si no nos hacemos conscientes llega una disminución en la capacidad para procesar la información interna y externa y se hace crónica, dando lugar a la agresividad verbal o física, se convierte en un estado permanente y deriva en trastornos psiquiátricos o físicos, el iracundo tiene mayor riesgo de sufrir un ictus, su ira facilita un sistema inmunológico más frágil y tiene tres veces más riesgo de sufrir un ataque cardíaco.

La ira, produce una intoxicación de hormonas negativas en el cuerpo. Quizás inmediatamente no se sientan sus efectos físicos, pero si ese estado se mantiene en el tiempo también se harán evidentes sus huellas en el cuerpo. Siéntate, reflexiona, sánate, porque sanarte es amarte.


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