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Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Leyendo a quien estoy leyendo últimamente (a quien amo, a quien admiro, y sé que “la gran literatura”, por Belyj, “prepara para la tragedia”; quien sé que desde otra época me espió y fue testigo y notario de mi amor, a pesar de ser un cínico y un desencantado –como si el bueno de Stefan Zweig no se hubiera suicidado en Petrópolis, Brasil, junto con su esposa en 1941 huyendo de la barbarie europea-), digo, que leyendo a Gregor von Rezzori, sé que al escribir se conjuran y conjugan los males, los demonios; se produce un exorcismo, pues la palabra, en el momento que es pintada (como en las cuevas de nuestros ancestros), forma una imagen del mundo “como si”, y no es necesario, ya, entonces, llevar a la práctica lo escrito, porque serán otros los que lo hagan por ti (je, je, ¿de qué se ríe el asesino antes de clavar el cuchillo en el cuello de su víctima? Del poder supremo que le conducirá, a sabiendas, al vacío más absoluto, de eso me río). ¡Un poquito de valses vieneses, por favor!

He soñado, sin música de fondo, que mataba a dos personas; a la primera de ellas le clavaba una herramienta de jardinería en el ojo y lo lanzaba a continuación al cauce de un río (me sentí aliviado); a la segunda de ellas le abría el cuello y era como si con un afilado cuchillo rajara paté (no de tordo, que ese no se encuentra con facilidad en nuestra ciudad); luego, su cuerpo, al caer al suelo, sonaba sordamente, y yo seguía adelante, caminando; al llegar a una alcantarilla tiraba por allí mi cuchillo homicida (tenía ganas de llegar a casa, pero como dice John Wayne en “Centauros del desierto”, <<es muy difícil volver al hogar cuando este ya no existe>>).

Es muy difícil volver al hogar cuando este ya no existe

He escrito, con música de chacareras, rasguidos dobles, zambas y cuecas un pequeño relato (para este periódico, que no he entregado todavía) sobre un posible asesinato cometido por mi persona, no mi personaje, en la ciudad de Barcelona; alguien, en un preciso instante inadecuado se hacía presente, corpóreo, y yo le pedía a mi “hermano” Ignacio Marín Chamorro, dejando aparcada la guitarra que maltrataba, la bayoneta que habíamos comprado (él colecciona cosas así), y sin mediar palabra le hundía al otro, por la ventanilla supraesternal, hasta la empuñadura, el hierro galo oxidado de la guerra franco-prusiana de 1870-72. Me entregaba a la policía, era juzgado, pasaban los años y… y esa es otra historia, más triste todavía. Pero a pesar de escribir sobre asesinatos (“quien a hierro mata a hierro termina”, y que suene aquí no un bolero, ni un chachachá, ni un son, no, que suene, por aquello del “canto del cabrón”, un tango, ¿“Tarde gris”?), a pesar de exorcizarme, por escribir sobre ello, debo una muerte (ya, ya lo sé, “si no puedes dar la vida no te apresures en dar la muerte”, decía Gandalf, el Blanco, en “El señor de los anillos”), y me la voy a cobrar, y escucharé desde mi conciencia, “qué ganas de llorar en esta tarde gris, en su repiquetear, la lluvia, habla de ti”.


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