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Desde mi ventana /
Carmen Heras

Ustedes no saben lo qué significa tirar una casa. No hablo sólo de lo emocional, del dolor que por dentro te produce ver cómo todo va envejeciendo y deteriorándose, hablo de lo físico, de la realidad que se impone sobre ti y hace que tengas que tomar decisiones sobre la marcha.

Porque las casas se caen, por antiguas, por deshabitadas, por el tiempo y las circunstancias. Un año no arreglas el tejado, que parece un tanto raído, y al invierno siguiente se pone a llover muchos días sin parar y te rompe las tejas y la cubierta y se produce un agujero.

Las casas son como las personas, en pie enhiestas durante años y años sin dar un mal grito, sin molestar, hasta que de la noche a la mañana se le vuelve todo un revoltijo de dolor o de tristeza y se caen, sin previo aviso, pero de manera inexorable.

Y aquí empiezan los segundos apartados, aquellos que dependen de los otros y en los que tú no puedes interferir porque no tienes el control de las órdenes.

Y hay muchas para dar, montañas y montañas de legislación cuidadosamente apilada durante años. Por unos o por otros. El mundo civilizado es lo qué tiene, montones y montones de preceptos para cuestiones blancas o cuestiones negras y qué hay que revisar y qué hacer cumplir.

Cada vez más las personas que viven este tiempo lo hacen sobre la inmediatez de unas determinadas circunstancias, navegando a través de las necesidades que la época impone. Y ya

Yo no sé cómo se las apañaban en otras épocas pero ahora todo es complejo y demasiadas veces oscuro a propósito. Como lo de aquel colega que entendía que suspender mucho daba cachet a la asignatura porque volvía el aprobado inalcanzable, o lo del concejal que cuando deseaba que lo dejara en paz la oposición, soltaba “latinajos” a diestro y siniestro para que no supieran contestarle…

“Doctores tiene la Santa Madre Iglesia” (nos decían) y algo así debe ser, sólo que ahora doctores, doctores hay tres o cuatro. O cinco o seis (si me apuran) de esos que conocen profusamente cada tema. Abundan más los aprendices. Ya saben. Aunque, día a día, van aprendiendo. A costa de unos y de otros. ¡Qué le vamos a hacer!

Las casas se caen y quizá en ello pudiera haber, también, una advertencia para dejar atrás un tiempo y levantar las velas de otro diferente que traiga impulsos nuevos e ilusiones distintas. Al fin y al cabo, como dice un amigo, no hemos de ver botellas vacías, sino a medio llenar (lo cuál es bastante diferente).

Tengo para mí que sobre algunas cosas no merece la pena dar excesivas vueltas, porque resultan ineficaces el esfuerzo y la desazón. Cada vez más las personas que viven este tiempo lo hacen sobre la inmediatez de unas determinadas circunstancias, navegando a través de las necesidades que la época impone. Y ya.

Nadie osaría hoy dedicarse a construir catedrales, de esas tan majestuosas que aparecen por doquier en cualquier lugar de la vieja Europa. Para que no se caigan, es mejor no hacerlas. Para no tener que rehabilitarlas es preferible no crear la necesidad de su existencia. No sé si me entienden. Es como en el ámbito empresarial, que no hay empresas porque no hay dinero y éste no se genera porque no hay empresa y trabajadores. Debe ser el símbolo de los tiempos.


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