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Crisis, what crisis?

c.q.d.
Felipe Fernández

Le confieso que llegué a estar sinceramente preocupado. Cuando las “primas” se disparaban, el paro aumentaba sin control y todos los días se cerraba algún negocio, pensé en el futuro inmediato y en el porvenir de mis hijas con pesimismo justificado. Además, en nuestra pequeña y coqueta ciudad, todos esos síntomas se hicieron más evidentes, y pasear por los lugares habituales repletos de carteles de venta y cierres precipitados de locales se convirtió en una suerte de masoquismo urbano poco recomendable. En consecuencia, las caras se fueron alargando, los sentimientos se tensaron y, con la inestimable ayuda del oportunismo y la demagogia siempre tan presentes, siempre tan falaces, el personal se revolvió sinceramente. Han sido unos años difíciles. La distancia y el paso del tiempo nos permitirán juzgarlos con serenidad y objetividad, pero a nadie se le oculta que mucha gente ha sufrido, y como dejó escrito Léon Bloy, “el sufrir pasa; el haber sufrido no pasa jamás” Yo no sé si habrá sido la política, los famosos ciclos de la economía, o que nada es para siempre, ni siquiera el sufrimiento, pero lo cierto es que las caras largas han dado paso a caras más relajadas y sonrientes. Las playas se abarrotan, los coches con matrícula “j” y “h” invaden las carreteras, los bares –termómetro incontestable de la realidad española- vuelven a llenarse y las conversaciones cambian de un pesimismo rotundo a un optimismo prudente, como si la charla, la risa y el cerveceo fueran un índice fiable de las cifras macroeconómicas. En nuestra pequeña y coqueta ciudad vuelven a abrirse negocios que funcionan en su mayoría, la vivienda recupera poco a poco el pulso y, azuzados por el calor, la gente llena las terrazas y habla de planes para el verano. Así que, mientras escucho el inolvidable vinilo de Supertramp, pienso en disfrutar del momento y memorizar alegrías, risas y abrazos para cuando venga otra crisis, que no tardará. Y hago todos los esfuerzos posibles, individuales y colectivos, para que la crisis de valores que acompañó a la crisis económica y que se resiste perezosa a enderezar su rumbo, vaya también resolviéndose; no sea que la deslealtad, la hipocresía, la necedad y la arrogancia se consoliden como criterios asumibles en nuestra sociedad. Y para que el “súper” manipulado sentimiento de la amistad vuelva a su verdadera esencia que consiste en alegrarse con las alegrías, entristecerse con las tristezas y poner el hombro. Las risas ocasionales y el cerveceo con cualquiera; hasta con conocidos.   

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