Mi ojito derecho
Clorinda Power

–Pues no tienes nada, dijo el traumatólogo.

–Pues me duele como si lo tuviera.

En las últimas semanas, he escuchado un montón de historias de amigos de amigos que han sufrido dolores de espalda. Todos ellos consiguieron aliviarlos.

En las últimas semanas, me han recomendado que me compre una silla ergonómica (pero de las de verdad), una pelota de pilates (de las que no caben en un piso de 35 m2), una faja, que vaya al fisioterapeuta (sí, pero antes necesito que el traumatólogo me derive), que vaya al traumatólogo (sí, pero antes necesito que me entreguen la resonancia), que tome ibuprofeno de 600 (si ves que con uno no tienes suficiente, tómate dos), que tome paracetamol (si no te funciona el ibuprofeno), que tome diazepam, que no me medique, que vaya al osteópata, que haga reiki (¿en serio? No, era broma), que me haga un ovillo y me estire, que me tumbe en el suelo y ponga las piernas en ángulo de 90 y que respire profundamente, que vaya a pilates (ah, ¿que ya vas? Pues tendrás que ir más), que nade, que me trabaje unas abdominales como las de un tal CR7.

En las últimas semanas, se me han saltado varias veces las lágrimas. No de dolor, sino de tristeza. Por primera vez en mi vida me he dado cuenta de que un dolor permanente (sin ser demasiado intenso), es capaz de hacerte cambiar la percepción que tienes de las cosas, de las personas y de ti mismo, hasta el punto de generarte un estado de tristeza que crees que está provocado por cualquiera menos por el dolor.

Anoche, una buena amiga de mi madre me llamó para decirme que entendía muy bien por lo que estaba pasando. Me sentí un poco mejor y aun así me puse a llorar.

Hoy me sigue doliendo pero aún no he llorado. Hoy es viernes.


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