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Con los pies en el suelo

La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Tiempo atrás leí en uno de los diarios más apreciables de España una entrevista a Javier Sardá, personaje de difícil definición dado su polifacetismo, pero de indudable prestigio en el mundo de la comunicación. El entrevistador entrevistado asumió con aplomo el intercambio de papeles y respondió con lucidez, sarcasmo y valentía. Para resolver una de las cuestiones, acerca de sus pretensiones futuras más allá de las tareas profesionales, comentó que desde hacía mucho buscaba la placidez y no la felicidad y con ello su vida había cobrado un nuevo e inusitado sentido.

Lejos de parecerme una abdicación o la revelación de un hombre que ha canjeado la ambición por el conformismo, vislumbré la reflexión de una mente inquieta, despierta, exenta de convencionalismos y tapujos.

Anhelo utópico, inalcanzable cima es la felicidad. Su persecución nos conduce a un mundo donde predomina lo inverosímil, lo etéreo, a realidades intangibles con las que merece más la pena soñar que buscar con denuedo. En pos de su conquista recurrimos a dioses, profetas, kharmas, mantras, iluminaciones sorprendentes que muestran la senda; perseguimos deseos que se enfrentan a un camino sembrado de vicisitudes insalvables, puzles imposibles en un intento de amalgamar lo divino y lo humano que concluye con el acúmulo de frustraciones tan pesadas que ningún mortal puede acarrear.

Esta búsqueda evoca imágenes protagonizadas por personas que sugieren lo imposible como aliento vital, aunque tengan la certeza de que sus aspiraciones son una pura entelequia. Quién no recuerda a la recién proclamada miss que, en su discurso iniciático, nos sorprende con una brillante arenga en la que asegura que dedicará esfuerzos briosos durante su mandato para alcanzar la paz en el mundo; al político que garantiza a su electorado que sus acciones van encaminadas al bien común, no al propio, y que maneja diestramente los instrumentos con los que construirá la sociedad perfecta; a la pareja que recién sacramentada piensa alcanzar con facilidad la conciliación familiar por la loable sensibilidad de los directivos de las empresas en las que trabajan y verán cómo sus hijos, repletos de amor fraternal, acaban apresuradamente sus estudios porque las ofertas de trabajo se acumulan, todo ello aderezado con una salud tan inquebrantable que acabará con el déficit del sistema sanitario.

La placidez no goza de la aureola mística de la felicidad. Es profunda e inevitablemente humana, de manera que nos topamos con ella sin necesidad de reclamarla como premio tras transitar por la vía purgativa. Se experimenta casi todos los días y deja un leve pero inolvidable recuerdo, de forma que cuando reaparece se identifica con facilidad y provoca una inestimable mejora de nuestra existencia.

El primer sorbo de la cerveza que has conquistado tras una interminable mañana de trabajo; la sonrisa de tu hijo cuando te descubre entre la multitud dispuesto para recogerle; el gol en el descuento de tu equipo del alma, tras sufrir todo el partido ante el eterno rival; la confesión de tu pareja en la que reconoce que siempre pensó en ti a pesar de las jugosas ofertas de aquel pretendiente al que tú considerabas un invencible contrincante; recordar súbitamente al despertar que es sábado y no has de cumplir con el impresentable de tu jefe; saborear sin prisas las croquetas de tu madre – reconocidas internacionalmente- como preludio de una apacible siesta que no tiene hora de caducidad y, sobre todo, tener la oportunidad de sonreír sin motivo aparente porque, debes reconocerlo, la vida te trata mejor que a muchos.

Felicidad y placidez, quimera y realidad, mito y certeza, alimentos para soñadores y pragmáticos, como primas que llevan el mismo apellido, pero no se saludan cuando se cruzan.

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