Ver a sus señorías catalanas puestas en pie cantando ‘Els Segadors’ ha sido un ejercicio dantesco de paciencia para todo español y catalán con sentido común. Primero, por las formas, evitando dar la cara en una votación pública amparándose en el secreto como estrategia para evitar sanciones penales. Si cualquiera de nosotros fuéramos independentistas, lo mínimo que le podríamos exigir a nuestros representantes es que no se escondieran como ratas. Segundo, por el fondo, algo que ha hecho añicos a la sociedad catalana, fragmentando en mil pedazos la convivencia y empobreciendo a los miles de trabajadores que deben ganarse el pan cada mañana y que la independencia les parece un capricho de las clases privilegiadas.

Como performance está bien. Puigdemont ha cumplido su papel de Moisés en el desierto. El encargo de sus socios de gobierno y la CUP se ha llevado a término. Algo muy distinto es su validez, pues el Tribunal Constitucional ya ha afirmado que dejará sin efecto la DUI aprobada por el Parlament. ¿Y ahora qué? El gobierno aplicará el 155 sin mayor demora e intervendrá las instituciones catalanas. La justicia tomará medidas contra la votación secreta del pasado viernes y depurará responsabilidades penales. ¿Pero qué ocurrirá si la estrategia del independentismo pasase por sacrificar a sus líderes? ¿Qué ocurrirá si la aplicación del 155 propaga el sentimiento de ocupación? No podemos convertirles en mártires, mucho menos en héroes, tenemos que desactivar el independentismo desde dentro. Cataluña debe ver a Puigdemont y compañía como aquellos que les empobrecieron secuestrando la democracia. El estado de Derecho debe actuar con contundencia, pero también con inteligencia. Este no es el último capítulo, sino el primero de una nueva relación. La cicatriz no puede cerrar en falso, que es lo que pretenden. La herida que deje la DUI debe permanecer en la memoria como un acto de cobardía, nunca de rebeldía.

Llegó la hora de jugar con sus armas, en su campo de batalla, el de las consignas, el de la educación y el sentimiento. Durante años hemos permitido que ese victimismo fuera creciendo en las nuevas generaciones. Estaban preparadas para este momento, el de la liberación del yugo opresor, el de la bandera al viento de la libertad. Llegó el momento de recuperar Cataluña. Y esto no se conseguirá con artículos, sino con el corazón y la cabeza.

Comienza una nueva etapa.


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