c.q.d.
Felipe Fernández

Ando algo torpe por las mañanas. Con más frecuencia de la deseada, tropiezo con algo, vierto el café al calentarlo, u olvido lo que iba a hacer en el momento siguiente. A pesar de que nunca me ha importado madrugar y soy poco perezoso para ello, me sorprendo buscando argumentos para quedarme cinco minutos más en la cama – ¡ay esos cinco minutos, qué peligro tienen, pero qué agradables son! – y lo practicaría más veces si no fuera porque las consecuencias suelen ser terribles. Así que, cuando despierto a mi hija todas las mañanas, no me sorprende que su primera frase sea la petición suplicante de “Papi, cinco minutos más”, solicitud que implora de manera casi inconsciente, con los ojos todavía cerrados, como intentando alargar un bienestar que intuye interrumpido y del que se resiste a desprenderse fácilmente. Como espero que no lea estas palabras, jamás le confesaré que nunca dejo pasar el tiempo solicitado, aprovechando que su situación de duermevela no le permite calcular el tiempo con el debido rigor. Pero la entiendo; la entiendo perfectamente; y recuerdo cuando yo tenía su edad y venía mi padre a

¡Ay esos cinco minutos, qué peligro tienen, pero qué agradables son!

despertarme para comenzar la jornada escolar. Pensaba entonces, y pienso ahora, que arrancar a un niño del sueño reparador y confortable, del calor del edredón y las mantas -mucho más en los días fríos del invierno- tiene algo de cruel, de asunción de la inevitable realidad, de aprendizaje por la fuerza. ¿Y si el héroe que es tu padre no lo fuera tanto y también fuera imperfecto? Sí, claro, ya sé que la educación consiste en decir no, que hay que enseñar a ser responsables desde pequeños, que al que madruga Dios le ayuda… y bla, bla, bla. Todo eso está muy bien. Pero, ¿de verdad es necesario levantar a un niño de la cama cuando aún no ha salido ni el sol, cuando las calles están sin poner y la temperatura desciende a cifras negativas? ¿En serio que es imprescindible ese sacrificio tan estúpido, tan ilógico, tan contra natura, por el mero hecho de convivir con un horario anacrónico, irracional y poco productivo? Y, sin embargo, cuando es posible, interpretamos quedarnos en la cama por las mañanas y “perrear” entre las sábanas hasta que nos duela el cuerpo como si fuera el colmo del bienestar, como un momento de calma imprescindible entre tanta prisa absurda y tanta obligación voluntaria. Parece que la experiencia no nos sirve de nada. Y es que ya lo dejó escrito Saint-Exupéry: “Todas las personas mayores primero fueron niños, pero pocas lo recuerdan” Pues eso.


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