Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

Les habían dicho, en un soplo de esos que se producen a altas horas de la madrugada en los tugurios de la parte Este de la ciudad, que solo una actriz de las siete protagonistas del film (que se iba a titular “El rapto de las Sabinas”, pero que debido a la censura –jeje, si hoy se grabara la peli a lo peor ni estrenaba en las salas comerciales debido al buenrrollismo y el “cógete.la.polla.con.papel.de.fumar.-) sabía cantar, y Laura decidió que se presentaba, a ver si cambiaba su suerte, la suerte de cantar en restaurantes o en cafés-conciertos por una miseria (o por la cena y una pinta de cerveza); a ver si dejaba de ir a tugurios hasta altas horas de la madrugada después de dejarse la voz para enterarse de pruebas que nunca se hacían públicas en prensa o radio; o para ver si alguien del gremio, por fin, la escuchaba de forma seria.

Norteamérica no es Italia, y en Italia se acababa de rodar “La strada”, de Fellini

Las compañeras de piso (todas artistas, aunque alguna ya sin pretensiones) de Laura, lejos del centro, de los estudios de radio, de los de televisión, de los del cine, de los tugurios donde se pasaba información (y mil cosas más), en una calle que seguramente La Metro (Ars Gratia Artis, o lo que es lo mismo, “el arte para el arte”) jamás “sacaría” en sus imágenes (Norteamérica no es Italia, y en Italia se acababa de rodar “La strada”, de Fellini), estaban ilusionadas, contentas, felices, expectantes y exultantes porque a su amiga le habían dicho por teléfono (que compartían junto con todos los demás inquilinos del bloque) que había sido seleccionada como cantante para la película que dirigiría Stanley Donen para la MGM, “Siete novias para siete hermanos”.

Lo que primero se grabó fueron las canciones (ahora solo faltaba que las actrices no supieran hacer bien el doblaje, pensó, que no supieran abrir la boca cuando correspondía, y que las cantantes contratadas pasaran también a ser actrices, que para eso Laura se había formado durante su primera juventud –estaba en la segunda entrando en la tercera, juventud, digo- en Bend, Oregón), pero aun siendo muy buena (cantando, actuando) Laura no tenía padrinos, y ya se sabe, el que tiene padrinos se bautiza y el que no se queda moro (aunque su padre fuera pastor de la Iglesia Adventista; por cierto, a su hija la expulsó de su vida cuando ella decidió ser cantante en California), y así pues, después de ganar más dólares de los habituales durante el tiempo en el que trabajó en el cine (no mucho) volvió a cantar en restaurantes y cafés-concierto e ir a tugurios; y es que ya lo había dicho Churchill, el triunfo consiste en que los fracasos no te jodan.


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