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Chimamanda Ngozi, el dueño de la pescadería de mi barrio y mi coño moreno en “Todos deberíamos ser feministas”

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Mi ojito derecho /
Clorinda Power

Acabo de comprarme el texto de la escritora africana Chimamanda Ngozi, “Todos deberíamos ser feministas” por cuatro eurazos con noventa (y apenas 600 palabras encuadernadas). Me ha dolido un poco el sablazo, la verdad, pero he pensado que qué son cuatro eurazos con noventa en la constante construcción de mi conciencia feminista. Calderilla.

“Todos deberíamos ser feministas” es la transcripción de una conferencia que dio Ngozi en su Nigeria natal allá por 2012. Y los que la recomiendan, lo hacen por la luz con la que enciende la oscura habitación del “feminismo”. Y ahora que ya me lo he leído, me duelen todavía más los cuatro eurazos con noventa porque no hay nada en sus 55 páginas (“fabricadas a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionadas con los más altos estándares ambientales”) que yo no tuviera ya interiorizado. Así que, esa no tan calderilla es el precio que he pagado hoy, jueves 27 de octubre de 2016, por confirmar que mi conciencia feminista está sanísima, al menos, en unos niveles básicos.

Por eso, hoy he decidido dar un pasito más en mi propia construcción consciente y hacer algo de una vez con el asunto del dueño de la pescadería de mi barrio.

Frente a mi portal hay una pescadería. Todas las mañanas, al salir de casa camino del trabajo, me encuentro con el dueño de la pescadería regando la calle: limpia los restos de la descarga matutina de pescado. Lleva botas de agua y el cigarro le cuelga varonil (magia: ¡sin manos!) de una de las comisuras de la boca. Todas las mañanas me da los buenos días, “Vecina”. Si la mañana está fría, me dice, ingeniosísimo él, que cuidado no me vaya enfriar. Pero, atención a todas las unidades: si la mañana, por el contrario, es calurosa, me desea que no pase calor.

Hoy he decidido dar un pasito más en mi propia construcción consciente y hacer algo de una vez

Hasta ahí, todo correcto, ¿verdad? Yo, que pertenezco al tipo de persona amargada, repugnante y maleducada que es incapaz de cruzar palabra con otro ser humano hasta que no llevo un par de horas despierta, me siento obligada, casi de manera inconsciente, a devolver el saludo con la misma sonrisa que él me dedica. Y eso, señoras y señores, empieza a no parecerme tan correcto (sobre todo si tenemos en cuenta el pequeño detalle de que ninguno de los empleados de su pescadería que llenan todas las mañanas esa acera no me dedica ni un enarcar de cejas).

Pero prosigamos con el asunto del dueño de la pescadería de mi barrio. Cada día al volver del trabajo, me encuentro al dueño de la pescadería fumando en la puerta de su negocio. Es lo primero que veo al girar la esquina. Creo (no estoy segura porque he descubierto que es algo que hago de forma inconsciente) que cuando giro la esquina siempre me pregunto si hoy también estará en la puerta. Si es así, el saludo es obligado y, muy posiblemente, venga acompañado de un comentario, agudísimo, por cierto, como el de “Te vas a mojar, vecina” si en ese momento yo llevo paraguas porque está lloviendo, o su preferida: “No sudes mucho, vecina” si me ve bajar de casa en chándal.

Resulta más que obvio que el dueño de la pescadería de mi barrio me hace sentir incómoda por un motivo: un segundo antes de salir de casa y un segundo antes de cruzar la esquina, siempre me pregunto: “¿Hoy me lo voy a tener que cruzar otra vez?”. Dos saludos al día no parecen demasiados, ¿verdad? Sobre todo cuando yo pertenezco, también, al tipo de persona amabilísima, encantadora y educada que, dos horas después de haberse despertado, saluda hasta cuando se sube en un ascensor.

¿Qué tiene el dueño de la pescadería de mi barrio que hace que no me guste una mierda que me salude dos veces al día? Uno, que yo me sienta, de forma inconsciente, obligada a devolverle el gesto sonriente cuando sé que a esas horas no tengo ganas de sonreír. Y dos, que cuando él va acompañado de una mujer (su mujer, presumo) o yo voy acompañada de un hombre (un hombre es un hombre, debe presumir él), solo me dedica un sencillo, cortísimo e indoloro “Hola”. Ni “Vecina” siquiera me llama. En esas situaciones, en esas en las que él va acompañado de una mujer o yo voy acompañada de un hombre, el dueño de la pescadería de mi barrio, maldito sea, ¡se olvida de si hace frío o hace calor, de si llueve o nieva! Y, por supuesto, se olvida de sonreírme hasta por la comisura por donde le cuelga la virilidad.

Y estoy hasta el mismísimo coño (perdónenme la vulgaridad, pero desde que sé que soy feminista, me parece más que apropiado confirmar la presencia de mi coño allí donde voy) de quitarle importancia a un hecho que para la mayoría no lo tiene. Exacto, no me cuesta nada devolverle el saludo, y tampoco me cuesta reírle la gracia. Pero lo que es más exacto todavía es que no quiero hacerlo y no tengo por qué hacerlo. Y lo único que me obliga a ello es la normativa social que nos dice a las mujeres que le quitemos importancia a los gestos cotidianos de los hombres. Pero es que resulta que a mí me ofende, y mucho, la cotidianeidad con la que nos tomamos cualquier gesto que es, a todas luces, machista, por el hecho objetivo de que yo no he visto al pescadero de mi barrio saludar a ninguno de mis vecinos varones con la misma voluntad que tiene conmigo.

Por eso, hoy he decidido dar un pasito más en mi propia construcción consciente y hacer algo de una vez con el asunto del dueño de la pescadería de mi barrio. Y miren ustedes por donde, es la primera vez que tengo ganas de encontrármelo.

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