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Estado Gurú

Tiempos posmodernos
Víctor Gabriel Peguero

El otro día me topé con una curiosa fórmula. La ecuación en cuestión era:

V = (C + H) x A

Generalmente el conocimiento matemático más o menos avanzado es cosa de ingenieros, químicos, economistas y, cómo no, matemáticos, entre otros profesionales. Esto tiene su sentido porque, al final, cualquier tipo de saber requiere de indagación, estudio, o contraste. Y también necesita grandes dosis de esfuerzo. Además, este esfuerzo de los que se acercan a la sabiduría y la transmiten a los demás no solo se traduce en que podamos aumentar nuestro conocimiento, sino que su legado sirve para que muchos otros puedan usar ese saber como punto de partida para alcanzar nuevos horizontes científicos, técnicos, filosóficos, etc.

Este mecanismo de acumulación de conocimiento, de creación de valor, es lo que, en definitiva, representa la idea de progreso.

Regresando a la fórmula con la que iniciaba el artículo, les diré que no ha sido aún resuelta por matemático o cosa que se le parezca. Ha sido resuelta —¡oh, alabados tiempos!— por un gurú. Un gurú, creador y a la vez solucionador de dicha fórmula, que dice que «el valor de una persona es igual a la suma de (su conocimiento + su habilidad) multiplicado por su actitud».

Este gurú, al que la Historia llamará, no sé, “Gurú VIII, El Cuantificador de lo Metafísico”, halla el valor de la persona con una sencilla suma. Desconozco si “el cuantificador” ha sometido a falsación su ecuación, pero según su regla, un asesino que conoce muy bien cómo matar, es hábil matando, y tiene la actitud de matar, será una persona muy valiosa.

No digo que no tenga sentido señalar lo positivo de la actitud, el conocimiento o la habilidad. Pero sí destaco el peligro de estas grandes reducciones conceptuales.

La discusión sobre el valor, la virtud, es secular. Estudiosos de todas las épocas han reflexionado, y lo siguen haciendo, sobre este y otros conceptos relativos al ser humano.

Condesar el conocimiento en mensajes vaciados de su complejidad, construidos en “formato tuit” y convertidos en productos aptos para vender a la masa nos hace, sencillamente, más tontos. Y ahí es cuando el progreso peligra.

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