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Por favor, ¿la plaza de toros?

caceres1-plaza-de-torosLa amistad y la palabra /
Enrique Silveira

 

Octubre de 1982. Somos cinco. Nos conocemos desde hace un par de años, porque compartimos aula en la universidad. Todos rondamos los veinte, es la primera vez que podemos votar y nos acercamos a la plaza de toros muy animados, optimistas. Hoy es un día especial, viene Felipe González a la ciudad, sin corbata, incontenible, tiene un enorme poder de convocatoria que ha obtenido luchando contra los estertores del franquismo, tras conocer la cárcel y contener el miedo que ha sido el rasgo común de todas las generaciones anteriores. Exporta emociones y unas irrefrenables ganas de cambiar un país hasta estos días inerte y apocado. Parece empujado por un viento fresco que renovará los cimientos y los tejados hasta dejarlos irreconocibles.

Las calles próximas al lugar están repletas de personas con una expresión parecida a la nuestra, entre ilusionados y expectantes. Llegamos y apenas podemos entrar, las gradas están repletas, la arena no admite ni un alma más. Aun así, nos situamos en un rincón desde donde vemos el escenario que ha sido decorado con la parafernalia propia de estos eventos, desconocida por aquí. No nos hace esperar, irrumpe en el escenario como una estrella del rock y los asistentes vitorean, claman, vociferan… Su mensaje enérgico, atrevido y desfachatado cala hondo en la concurrencia; es un vendaval de esperanzas, deseos y certezas. Cuando salimos, nos inunda una grata sensación que nos conduce inexorablemente a la jornada electoral del día 28. Acudir a las urnas está lejos de ser una obligación. Más bien se ha convertido en un compromiso emocional que tenemos la suerte de cumplir y del que podremos alardear ante las generaciones futuras con cierto orgullo. Fuimos nosotros, le dimos el empujón definitivo a esta todavía vacilante democracia. No volveremos a ver un gobierno surgido de una terrible masacre ni a un tirano al frente de la sociedad. Un 80% de los electores acudió a las urnas ese día.

Junio de 2016. Acabamos de finalizar la legislatura más corta de la historia. Los partidos que han concurrido a los últimos comicios no han sido capaces de formar un gobierno que normalice la actividad en España y conducen a los ciudadanos, otra vez, a las urnas. Hemos presenciado durante este tiempo un ejercicio de incompetencia, arrogancia, desfachatez e ineficacia que no tiene parangón. Los elegidos han despreciado el diálogo, olvidado la negociación, apartado la cordura y arrinconado la coherencia. Predominan la falacia, el vituperio y la insolencia, mientras los votantes, asombrados, esperan soluciones que por sí mismos no pueden encontrar.

Mis hijos me preguntan qué son unas elecciones, para qué todo este alboroto. Respondo y espero ser elocuente, pero llega la pregunta indeseada: “¿A quién vas a votar?” Enmudezco, y no precisamente porque dude ante la amplia oferta de partidos, antiguos y nuevos, sino porque llegados a este punto, acudir a las urnas ha dejado de ser un honor para convertirse en un engorro indeseable.

Sí, no se discute que González no es ni mucho menos el mismo. Tampoco que desperdició muchas oportunidades y acumuló durante su gestión no pocos errores. De aquellos amigos satisfechos se podrá decir que el tiempo te vuelve exigente y pesaroso, pero ¿se imagina alguien como asistente complacido a un mitin? ¿Aún existe el que no cambia de canal, irritado, para no escuchar de nuevo los mismos embustes?

En este tiempo cruel, el sentido de la responsabilidad, apartados la emoción y el convencimiento, nos aleja inevitablemente de las urnas… y de la plaza de toros.

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