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Misas sin Iglesias

La amistad y la palabra/
Enrique Silveira

Apenas había llegado a la adolescencia cuando decidí renunciar a la misa de los domingos. No dejaba de ser una decisión arriesgada: las personas que me rodeaban acudían todas las semanas a la celebración para cumplir con el consabido precepto y lo hacían sin vacilar, aparentemente decididos. Desde muy pequeño asistía a sabiendas de que la ausencia comportaba una mancha en el alma que luego debía limpiar y ello me causaba mucho temor, pero también acudía porque buscaba ese escalofrío del que me habían hablado, el estremecimiento interior que me arraigara definitivamente al hecho religioso. Desistí tras mucho porfiar, pues no solo no percibí la emoción que esperaba, sino que veía a mi alrededor actitudes que no me reconfortaban en absoluto. Solo quedaba comunicárselo a mi madre, inductora infatigable en esos menesteres y, por supuesto, fervorosa católica que madrugaba cada mañana para concurrir al culto con fiabilidad indesmayable. No sin cierto desasosiego confesé para evitar el embuste y, claro, no causé agrado en tan entregada creyente que me imaginaba desde niño camino de la santidad. Me sorprendió sin embargo su actitud conciliadora al señalarme que se podía ser un gran cristiano sin pisar una iglesia.

Han pasado los años y la que se sacrificó para proporcionar cuidados a los que siempre la hemos rodeado, ahora los necesita. Sus cansadas piernas no pueden llevarla todas las mañanas al templo para recibir el impulso que yo nunca experimenté, pero no se resigna y participa del rito por televisión. Hube de comentarle que un político recién llegado se ha empecinado en prohibir tales eventos en las cadenas públicas – en otro de sus muchos desvaríos- porque, según su docta y despótica opinión, en las homilías se incita al odio. El gesto de madre no puedo definirlo con palabras, sobre todo al saber quién era el promotor de tal capricho. Lo definió con acierto: el jovenzuelo de femenina coleta que no tiene quien le planche las camisas y que siempre está de mal humor. Empeoró su semblante cuando recordó que se apellida Iglesias, pues creyó que esto ya se estaba convirtiendo en una desagradable pantomima.

Quiso saber mi opinión al respecto; le comenté que conozco a unas cuantas personas que consideran la liturgia como alimento espiritual y que, a pesar de que no lo comparto, no veo que crezca en ellos el odio o la animadversión hacia sus congéneres; al contrario, les sirve de método para limar las aristas que inevitablemente sitúa la vida a su alrededor y, además, les invita a la siempre benefactora reflexión. Por otro lado, al ser contribuyentes, tienen todo el derecho del mundo a que esas celebraciones se inserten en la programación, como probablemente opine el 70% de los españoles que profesa esa creencia.

Y todo esto surge cuando un agitador reconvertido en político se ceba con una de sus obsesiones, la Iglesia Católica, mientras se muestra permisivo con los asesinos etarras, escéptico con el Holocausto, complaciente con las dictaduras disfrazadas de democracias, obsequioso con los golpistas catalanes -vamos a llamar a las cosas por su nombre-, indulgente con los escraches que no afectan a sus aliados, entregado con los que convierten una sesión parlamentaria en una reyerta de taberna, atento con los que ocupan casa ajena…Todo ello rebozado con innumerables alegatos de “ yo soy el mejor y nadie me tose” o “ piensa como yo o no eres nadie” con los que acabas tan aburrido como en el maratón de lectura del Código Penal.

Solo me hace dudar el que tal personaje ha de reconocer el odio con prontitud, dado el persistente contacto que tiene con él. Aun así, quien tiene la palabra democracia siempre en la boca debería ser más respetuoso con las creencias ajenas. Unos ejercicios espirituales entre silenciosos cartujos, lejos de sus adorados micrófonos, podrían venirle bien. Tras la obligada meditación, escucharse de nuevo se convertiría en un insólito incentivo y es posible que entendiera que algunas tradiciones vienen de lejos, pero no por eso han de ser perniciosas (cambia lo antiguo, si estás seguro de que lo nuevo es mejor). Y a mi madre, ni tocarla.

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