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Concertados, o sea, público

La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

En respuesta a un compañero, José María Cumbreño

Me atrevo a tutearte, José María, porque tenemos muchas cosas en común: somos filólogos, profesores de secundaria, es posible que hayamos compartido tanto aulas como docentes en la universidad y nos alternamos en esta columna que tan amablemente nos ofrece Avuelapluma.

Tras leer tu escrito sobre la enseñanza concertada hube de hacer un ejercicio de reflexión primero y asimilación después. Ahora, más sosegado, que inquieta mucho ver cómo alguien juega con el pan de tus hijos, me veo dispuesto para contestar.

Suelo ubicar a los críticos con los conciertos educativos en dos grupos: los ignorantes, que hablan sin tener ni idea de lo que dicen con el valor que proporciona la falta de ilustración, y los que se ilusionan con cambiar de destino antes de lo previsto si se produce el aniquilamiento de este fragmento del sistema educativo. Sinceramente creo que tú no te incluyes en ninguno de ellos, luego tendré que ampliar la clasificación o considerarte un verso suelto, por si rehúyes el encasillamiento.

De todas tus aseveraciones, algunas me parecen erróneas, otras imprecisas y, las menos, insultantes. Para empezar, los centros concertados no son subsidiarios de nadie, sino una parte más del sistema educativo, en el que se desarrolla con plenas capacidades, rigor e incluso cierto orgullo, porque siempre hemos trabajado envueltos por la crítica arbitraria, el acoso injustificado y el recelo absurdo. Nuestros alumnos no completan sus estudios en un centro público, ya salen suficientemente preparados para acometer las pruebas a las que les enfrenta el sistema educativo para legitimar su cualificación.

Los fondos que se invierten en nuestros centros no se desvían hacia la empresa privada, son una forma de distribuir nuestros impuestos para la mejora de la sociedad. Los desvíos que conozco suelen acabar en paraísos fiscales y, desde luego, solo benefician a personas que no sirven como modelo.

En cuanto al coste del alumno de un colegio como el mío, me referiré a ello con una anécdota. No hace muchos años, recibimos en visita protocolaria al entonces inspector jefe de enseñanza. No conocía el centro y le mostramos nuestro lugar de trabajo. Recuerdo vivamente su atónito gesto cuando supo que instruíamos a 1200 alumnos entre 60 profesores. En un público, prolijamente dotados, no hubiera podido hacerse lo mismo con menos de 100. Es obvio que si somos menos, trabajamos bastante más y cobramos un sueldo sensiblemente inferior al de un profesor de la pública, nuestros colegios han de resultar mucho más baratos, y no hace falta saber de matemáticas.

LLevo veintiséis años en el Sagrado Corazón, pero antes pasé cuatro en la enseñanza pública. Me llamaron, probé y me quedé. Era profesor en los cuatro centros públicos que conocí y lo soy también ahora, aunque creo que algo mejor, que la experiencia ayuda. Durante este tiempo he convivido con compañeros buenos y malos. La diferencia estriba en que los que conocí en la pública que no estaban a la altura seguirán sumando méritos a pesar de avergonzar a los profesores con los que comparte claustro. En la concertada las puertas se abren si no cumples con tu labor, solo que se traspasan para no volver a cruzarlas.

Ando ya un poco cansado de los que reivindican la excelencia por haber aprobado una oposición. Esta te perpetúa en el cargo, pero en absoluto asegura que seas un buen profesional. De hecho, algunos, ni mucho menos todos, la utilizan para trabajar cada día menos y recordarla si te exigen que rindas con arreglo a lo que se espera de ti, a sabiendas de que su expulsión del cuerpo sería la primera acreditada en décadas.

En cuanto a nuestra pretendida alergia a las minorías, solo puedo decir que basta visitarnos (nuestras puertas están siempre abiertas) para descubrir que es una solemne patraña. Nuestro centro es un reflejo de la sociedad circundante y ha ido evolucionando conforme lo ha hecho ella.

Si de ideología hablamos, he de confesar que el Sagrado Corazón está profundamente ideologizado, pero con el pensamiento cristiano como sustento y no el en el ideario del partido de turno. Me fío más de Cristo que de Pablo Iglesias o Artur Mas, capaces ambos de convertir las aulas públicas en fábricas de borregos con aspecto humano (también costeadas con el dinero de todos).

Por último, José María, creo sinceramente que se han de asumir las consecuencias de los planes renovadores y tus reformas educativas comportarían enviar al paro a cerca de 200.000 profesores (sin oposición, sí, pero profesores) y al personal no docente vinculado a sus centros. Seguro que estas cifras te harán recapacitar.

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