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Pueblos sin alma

La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Desde la loma situada en la misma entrada del pueblo, divisaba Gervasio las casas entre las que había transcurrido su vida entera. Ya casi todas estaban vacías y la mayor parte de ellas habían perdido su esplendor de antaño porque el abandono genera miseria con prontitud y diligencia. Había olvidado la última vez que alguien se aventuró a construir una edificación nueva, décadas atrás, por ello las lindes de la población permanecían intactas, tal cual se esbozaron años atrás, como si se hubiera detenido el tiempo. Solo crecía el pequeño cementerio, con sus robustos cipreses, que albergaba los restos – y quién sabe si las almas – de los que habían sido vecinos, amigos y fedatarios de sus vivencias. Apoyado en el bastón que le acompañaba desde que su cadera cedió tras un resbalón traicionero, con la maleta de cuero que estrenó para cumplir con la patria a sus pies, repasaba todo lo acontecido entre esas piedras por si esa fuera la última vez que las veía. Recordaba a su padres, a sus hermanos que no quisieron quedarse con él para que las tierras siguieran dando cosechas y emigraron a lugares dispares donde yacían en paz, a su adorada Eugenia que reposaba al lado de su familia , a la que nunca quiso perder de vista, a todos sus amigos, incluido Fermín, que había sido el último en abandonarlo y con el único que podía hablar del pasado sin tener que empezar desde el principio. Quedaban tras él unos pocos ancianos que apenas veían la luz y algunas familias de extranjeros que se habían afincado allí por eso de que las viviendas imploraban habitantes y no le tenían aversión a la vida campestre.

No quería derramar ni una lágrima Gervasio, porque enfrente estaba su hijo, que solo le había visto llorar durante el entierro de su madre, y además, como decía el abuelo Ramón, un hombre no debe mostrar sus debilidades ante sus seres más queridos. Pero no pudo evitarlo cuando se dio cuenta de que el pueblo había muerto antes que él, incorporado al triste grupo de cuatro mil poblaciones que agonizan ante los ojos de sus últimos moradores. Pensaba que eso estaba tan en contra del orden natural como enterrar a un hijo.

Ahora, no quedaba otro remedio que expatriarse. Antonio, su único descendiente, le había exigido abandonar la aldea, no quería que su padre muriera en el más absoluto desamparo. De muy joven había emigrado buscando nuevas ocupaciones y el esparcimiento que no encontraba en el lugar que le vio nacer. Los encontró en Vic y no tardó mucho en presentarnos a Carmen, que luego se convirtió en su mujer, como muchos otros hija de emigrantes. Desde entonces, sobre todo por la distancia, sus visitas habían ido menguando. Vivía en un pequeño apartamento en el que apenas cabían ellos y los dos hijos que habían traído al mundo, Jordi y Pau, que le llamaban cariñosamente l´avi Gervasi, por lo que había decidido que se alojara en una residencia para mayores bien provista y resplandeciente.

Había visitado la ciudad Gervasio cuatro o cinco veces y se había encontrado algo incómodo; no era fácil recorrer tantos kilómetros, el lugar se mostraba un poco hostil, como todas las ciudades para quien viene de un municipio donde todos se conocen, y casi nadie hablaba su idioma, por lo que se sentía muy solo, a pesar del gentío que lo rodeaba. En todos los viajes había convivido con unas irrefrenables ganas de volver a su casa y allí desalojar esa sensación de desvalimiento que se experimenta cuando te ves en un lugar que no es el tuyo.

Y sentía Gervasio que se desplazaba demasiados kilómetros para encontrarse con la muerte, con la que te puedes citar en cualquier sitio, pero mejor hacerlo en donde conozcan tu nombre, sepan de tus costumbres, amistades e inconvenientes y recuerden si fuiste feliz o desgraciado. Solo rondaba por la mente de Gervasio descansar junto a su añorada Eugenia, bajo el aliento de los imponentes cipreses del camposanto, después de echar un último vistazo al pueblo que murió antes que él.

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