La amistad y la palabra/
Enrique Silveira

Lo reconozco: los independentistas me han vencido. No tengo más remedio que admitir una de sus reivindicaciones históricas, lo que ellos denominan “hecho diferencial” y que hasta hace poco no comprendía. Es cierto que entiendo apenas el catalán y eso podría aducirse como frontera infranqueable, pero no es menos cierto que el idioma predominante en los lugares catalanoparlantes es el español, aunque pese a algunos, y que a través de él podríamos establecer el tan cacareado diálogo entre tanta amenaza, decisión irrevocable, chantaje o perversión democrática cualquiera a los que tan acostumbrados nos tienen los que desprecian arbitrariamente al vecino. También es cierto que la butifarra me desagrada, el fuet me parece un embutido enfermizo y la crema catalana me empalaga, así como que el tomate para la tostada lo prefiero de Miajadas y el jamón de Montánchez o de Monesterio.

No entiendo cómo algunos padres permiten que sus hijos de corta edad se encaramen a una torre humana, que a menudo se derrumba, para demostrar su irrevocable pertenencia a la sociedad de la barretina, que no deja ser una boina desmayada. Son desapegos que, por lo que se ve, me alejan del catalanismo, aunque sin despertar en mí resquemor ni odio recalcitrante hacia los que aprecian tanto esos hábitos que los consideran -con toda legitimidad- inmejorables.

Evito las fobias injustificables, la animadversión improcedente, la ojeriza infantil y la exclusión inicua

Pero es una certeza inapelable que los acontecimientos políticos de los últimos tiempos me hacen pensar que entre los catalanes soberanistas y yo hay un tremendo abismo que será difícil franquear, más allá de la gastronomía y las costumbres. Y es porque huyo de la mentira, si bien alguna se escapa, pero en absoluto se erige como parte fundamental de mi discurso, como ocurre en el mundo secesionista; reconozco con presteza la soberbia, uno de los defectos más detestables del ser humano, que en Cataluña se percibe con tanta facilidad que podía ser ubicada su representación gráfica entre las barras de su tantas veces exhibida enseña; tengo a bien no jerarquizar a las personas por su nascencia, idioma u opinión política, pues eso es propio de las más infectas dictaduras; llamo a la gente que proviene de otro lugar por su nombre y no “charnego” porque no le considero un enemigo y presupongo que, si convivimos, ambos nos esforzaremos en llevarnos bien; acato todas las leyes, las que me gustan y las que no, y desconfío de los que no lo hacen, que no hay espacio en mi entorno para el delito; evito las fobias injustificables, la animadversión improcedente, la ojeriza infantil y la exclusión inicua; intento ser generoso y solidario que es una forma de dar gracias por haber nacido en la tierra de los aventajados y no en una parte del mundo en la que todos los esfuerzos resultan inútiles; educo a mis hijos en la compresión y la objetividad, sin condenarles desde sus primeros años a una vida de confrontación y de ineficaces disputas; aborrezco la desfachatez y el cinismo, perversos consejeros ambos y tan ostensibles en los que solo miran su propio ombligo.

Acepto mi derrota sin paliativos. Ahora lo veo todo claro y, al compararme con los independentistas, distingo con nitidez el “hecho diferencial”, lo asumo y proclamo que no me parezco en nada a ellos. Gracias a Dios.


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