c.q.d.

Felipe Fernández

De la misma forma que se atacan otras costumbres por el mero hecho de ser así llamadas, la de la buena educación y las buenas maneras también acusa un importante desgaste. Empeñados en apartarnos de todo aquello que pueda ser visto como antiguo, como tradicional, desdeñamos usos sin tener preparados los sustitutos adecuados y caemos así en vacíos incómodos en los que el chabacaneo y la vulgaridad se mueven como pez en el agua. Tal es así que, puestos a ser más “modelnos” que el de al lado, evitamos cualquier formalidad que pudiera parecer sospechosa de no seguir la corriente adecuada, no sea que el estigma nos persiga allá donde vayamos. Resueltos a obtener el carnet de buen “progre” para no sufrir prejuicios sectarios tan frecuentes, tan permitidos, hemos admitido el tuteo en los centros educativos sin mayor discusión, criticando incluso a aquellos –franceses, ingleses, alemanes- que lo mantienen. Y es que, como es bien sabido, esos países no son tan democráticos ni tan “guais” como el nuestro, de manera que sus sistemas educativos, probadamente fracasados, no pueden ser tomados como modelo. Así las cosas, el “tú por tú “reina en los centros educativos españoles en los que, a veces, es difícil distinguir por el vocabulario, las maneras y la vestimenta a un docente de un no docente, a un alumno de un profesor. Y es que, puestos a estar en cabeza de la progresía más ortodoxa, los centros educativos españoles y quienes los sustentan con su opinión, prefieren los uniformes urbanos y los signos externos tribales a cualquier consideración que suponga reflexión y toma de decisiones sobre conceptos evidentes pero, eso sí, antiguos, tradicionales, algo “demodés” Por eso, cuando llega el buen tiempo, los alumnos, amparados en una permisividad insólita e intolerable de sus familias, van rebajando su auto exigencia, se disfrazan de ciudadanos libres y calurosos y dejan para mejor ocasión el respeto que debe presidir las relaciones personales en un lugar en el que se mueven tantas personas a diario. Pero no importa, “es un centro público” argumentarán algunos, atribuyendo al concepto público unas cualidades indeseables e irreconocibles. Así que, cuando finalmente aparezcan alumnos en bañador y alumnas en biquini –no tardará mucho- asomarán de nuevo los defensores de lo “público” que, amparados en la libertad de cátedra y enumerando todos los tacos posibles para mimetizarse con la clientela, nos llamarán carcas. Y asunto arreglado.


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