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Blues at reseca

Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

En la ciudad de Reseca, el Lejano Oeste, al otro lado de la cordillera y lejos de la bella capital de la República del Paltrinám, Bienvenida, se ha celebrado recientemente un festival dedicado al blues, esa “música de negros” como alguien la definió (no sé si despectivamente, creo que sí), y fue en una noche de bourbon (casi demasiado, nunca suficiente) y música en directo cuando Carson McCullers me desveló ciertos secretos del corazón, que es un biriuk, un cazador solitario. La herrumbrosa furgoneta emite un sonido como si el mismísimo diablo hecho motor estuviese friendo huevos con beicon en su interior. Pero cuando él, Sandy, maldito pecador, se baja de ella vestido de impoluto blanco nuclear es el Salvador reencarnado el que se aparece ante los ojos de los congregados en el Templo, y están allí esperando La Palabra, esa Palabra que él dirigirá a La congregación, a los fieles, aupado, elevado, izado y lleno de ira, rojo de pasión, desde el púlpito de madera sin desbastar que hay en mitad del edificio que sirve de parroquia a la Iglesia de Todos los Santos y Santas de la Bendita Tierra del Señor Nuestro Pastor (Amén). ¡Aleluya, soy un creyente, Aleluya! El Señor es mi pastor, nada temeré, solo a mi esposa, la bella Marlenne, que cuando llego a casa del tajo, cansado, sudoroso, dolorido y hambriento, me quita los pocos dólares que el patrón, Dios lo tenga en su gloria, me ha pagado tras duro jornal, y se los gasta en el garito de Mama Tereisa. ¡Aleluya, soy un creyente, Aleluya!

Se ha celebrado recientemente un festival dedicado al blues, esa “música de negros”

Sandy, cuando acabe con La Palabra, trastornado por la ira de Dios, marchará hasta la parcela donde su socio, Murray, el dueño de la furgoneta, tiene su vieja cabaña heredada de su abuelo blanco, y juntos recorrerán el camino, carretera secundaria (o terciaria), que lleva desde el pueblo hasta el garito de la Señá Tereisa, y una vez allí, tras pedir de comer tortitas con sirope de chocolate y unos batidos de moras silvestres, y entrando ya en materia seria, “de hombres”, cogerán la botella de bourbon trabajado con vitriolo (es el toque de la casa), la guitarra y la armónica, y cantarán aquello que no les ha hecho ni ricos, ni famosos, pero sí felices: <<… todo el mundo quiere montar en los caballitos, y se sorprenderá de lo que los negros intentan para subir a uno de ellos cuando no tienen dinero…>>.

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