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La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Siempre se escudriña en lo protagonizado por los que pueblan nuestro árbol genealógico, aunque no se sabe bien para qué. Algunos intentan buscar parangón de su propia experiencia y así cerciorarse de que están haciendo las cosas con arreglo a un patrón más o menos aceptable ( lo malo conocido…); otros pretenden encontrar un asidero, un pretexto para regocijarse y ganar autoestima, si es que se anda escaso de ella.

Mi padre, a regañadientes, me contó alguna vez la desaparición de mi abuelo. Tuvo la desdicha de transitar por donde no convenía en el momento inapropiado. En la mañana del 23 de julio de 1937, por los alrededores de la concatedral, junto a un buen amigo, paseaba sin sospechar que algún descerebrado, con toda seguridad inundado del odio que atravesaba España de parte a parte, había escogido Cáceres como objetivo militar. Los aviones republicanos sobrevolaban la ciudad de vez en cuando, pero haber albergado a Franco el año anterior no parecía un delito que mereciera tamaña atrocidad. Del cielo cayó la muerte ese día. Le abandonó la vida sin darse cuenta, sin tener la oportunidad de preguntar al destino por qué le había preferido a él para engrosar una terrible lista, sin despedirse… Cuando sus familiares se acercaron, sus restos estaban cubiertos por una bandera.

Mi subconsciente ha albergado desde entonces esa imagen y reconozco cobijar un sentimiento de animadversión hacia las enseñas, como si esa tela colorinda fuese en parte responsable del suceso, colaboradora necesaria o malintencionada inductora.

Años después hube de jurar ese mismo blasón tras meses de estancia obligada en un lugar con el que no compartía nada y al que fui arrastrado por imperativo legal. Llovía mucho ese día y apenas había luz, pensé que la meteorología se había adaptado con exactitud a los sentimientos que experimentaba en esos instantes. No era casualidad, esa ceremonia no merecía una mañana luminosa. El estandarte no cubría pudoroso las consecuencias de la maldad incontenible del ser humano; esta vez ondeaba solemne y desafiante, como si vigilara y te susurrara al oído: “Nunca te librarás de mí”.

Las banderas, per se, no insultan ni amedrentan, no excluyen, no disparan, no hieren, no exterminan, pero demasiado a menudo sirven de estiletes que provocan conflictos irresolubles

¡Han sido tantas las veces que han servido de excusa para realizar actos injustificables! Cuando las personas no pueden argumentar de manera precisa, si sus tesis no soportan ni siquiera la crítica más benévola de los que conviven con ellos, recurren a elementos de naturaleza imprecisa y maleable que se pueden adaptar a las más extravagantes situaciones y, así, razonar lo inexplicable, dotar de falsa cordura a lo incongruente, enmascarar lo descaminado, glorificar la locura.

Las banderas, per se, no insultan ni amedrentan, no excluyen, no disparan, no hieren, no exterminan, pero demasiado a menudo sirven de estiletes que provocan conflictos irresolubles. Deberían ser una referencia aglutinadora que nos haga reflexionar; una forma de invitarnos a mirar, más o menos, en la misma dirección; la manera de recordarnos que tenemos obligaciones con respecto a todos los que nos rodean, sin subterfugios ni malas interpretaciones.

No puedo decir, sin embargo, que ese mismo estandarte no me haya causado en alguna ocasión emociones intensas que contrastan vivamente con las reflexiones anteriores. Tiene una enorme capacidad evocadora, sirve de bisagra e hilo conductor, amalgama, te engancha a tus semejantes con rapidez y eficacia; a veces, su llamada evita disputas y vacilaciones.

¿Será entonces un producto tan contradictorio como el propio ser humano? Es una de sus creaciones, desde luego, y como tal está sujeta a las imperfecciones propias del que protagoniza hechos admirables y deleznables sin solución de continuidad. Si fuéramos capaces de usarlas para promover la buena convivencia y no para ocultar nuestras miserias; si nos envolvieran solo para abrigarnos y perdieran su capacidad para ofender o confrontar, podrían resultar muy útiles y evitaríamos el estrépito de las palabras de Pérez Reverte:” Un hombre, cualquier hombre, vale más que una bandera, cualquier bandera”.


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