c.q.d.
Felipe Fernández

Orientar a los alumnos que quieren ingresar en la universidad para estudiar un grado se está convirtiendo en un acto heroico, si no de alto riesgo. Desde la “penúltima” modificación de la prueba de acceso a la universidad -ahora llamada EBAU- se estableció la posibilidad de examinarse de hasta cuatro materias más distintas de las llamadas troncales, de tal manera que dos de esas materias añadidas sumaran en la nota final. Así, un alumno que en las asignaturas troncales obtuviera un diez, podría conseguir hasta un catorce de calificación total con la suma de las mencionadas asignaturas añadidas que, además, como no podría ser de otra manera, deben tener una relación directa con el grado que se pretende. Pues bien, dentro del constatable descontrol por el que se conduce una buena parte de la universidad española, este asunto del acceso de los alumnos es uno de los aspectos más irritantes, por llamarlo de una manera educada, que las familias, los centros educativos de secundaria y los propios sufridores tienen que enfrentar en un momento tan decisivo de sus vidas. Como sin duda usted sabrá, los exámenes son diferentes en cada comunidad autónoma y cuando se ha sugerido la posibilidad de unificarlos, lo cual sería de una lógica académica aplastante y, sobre todo, más justo,

El alumno aspirante a universitario se mueve como pulpo en un garaje

los “progre-modelnos” han puesto el grito en el cielo y han sacado a pasear su retórica sectaria con la que tanto disfrutan, para apoyar sus ¿argumentos?, si es que los hubiere. En una demostración fehaciente de que el acuerdo educativo en España es imposible mientras se ponga la ideología por delante del funcionamiento coherente del sistema, cada universidad campa por sus respetos, diseña sus propios exámenes, asigna una puntuación diferente a las materias elegidas para subir nota con criterios no declarados y publica las sucesivas modificaciones cuando lo considera oportuno, exhibiendo, eso sí, la tan manipulada autonomía universitaria que, paradójicamente, financiamos con nuestros impuestos. Y todo ello -lo que supone una flagrante contradicción- con el llamado distrito abierto, o sea, libertad de elección de universidad en el territorio nacional, pero con distintas reglas. Así que, en este mar de despropósitos, desorden y decisiones arbitrarias, el alumno aspirante a universitario se mueve como pulpo en un garaje, intentando adivinar futuribles y tomando decisiones basadas en posibilidades, con una inseguridad jurídica y académica vergonzante. Lo que en secundaria sería sujeto de una polémica inacabable y una expiación sin límites, se convierte aquí en la constatación de uno de los complejos más arraigados de nuestro tambaleante sistema educativo: “con la universidad hemos topado”. Y así nos va, amigo Sancho.


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