La bruja Circe

La vida, cuando comienza, es siempre un descubrimiento. Nos atrae, nos encanta, nos emociona, todos hablamos de ello, disfrutamos de la alegría de la vida, de vivir cada día, pero la vida lleva en si mismo el proceso del fin, somos finitos, morimos, y lo que es peor aun, no nos preparamos.

Entre los pacientes del hospital he visto a lo largo de mi vida laboral que cuando al fin comprenden, algunos, se encuentran con la angustia de por qué no han cerrado ciclos, no han pedido perdón o simplemente no han hecho un testamento. Otros, si bien se van en paz, lo hacen con apegos fuertes y temores de dejar algo a medias. En realidad a todos nos va a tocar morir y dejar las cosas aquí. Y algunos pocos, encuentran un admirable elegancia en ese transito que admiro, me dio ejemplos y me enseñó caminos. Cuando es alguien próximo nos cuesta aceptar la muerte, no se permite hablar de ello porque es ‘yuyu’ y ni siquiera al enfermo terminal se le permite hablar del asunto y se le engaña, se le ignora o se le calla con frases como “no hables de eso”, “tú te vas a mejorar”, no se le dejará preguntar qué puede esperar de eso.

Pocas respuestas se pueden dar porque todos los caminos son validos, Yo que creo que venimos de la energía del principio, pienso que volvemos a la esencia del todo, materia, energía, cosmos, pero muchos temen ir a lugares oscuros. La muerte enferma a los que la rodean, porque se trata de una experiencia que “rompe”. Cuando perdemos a alguien, perdemos parte de nosotros. No es solo la ausencia, si quien desaparece daba el sustento económico, tocará aprender a valerse por sí mismo; si hacía las labores de la casa, habrá que asumirlas; si era la compañía en los bailes, las vacaciones, las tertulias no será fácil llenar ese vació y si es una muerte súbita (un infarto por ejemplo) además se nos niega el tiempo de preparación, pero nunca es fácil.


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