Desde mi ventana
Carmen Heras

Me cogí un catarro de primavera, de esos que van y vienen a su gusto, y puede que algo haya influido sobre las sensaciones que voy a contarles. Pero aún a riesgo de ello y de que me califiquen de “intensa”, déjenme decirles que los días anteriores a la escritura de este artículo he sentido algo parecido al hartazgo y al pánico. Y me explico.

Nada nuevo, no vayan a creer. Bastante “natural” en esta época de nuestros pecados, pero con demasiados “altos” y “bajos”, muchos “ay” y muchos “gritos”, apasionadas opiniones dispares. Todo comenzó (por decir algo) con la sentencia del juicio de “la manada” y los posicionamientos de los partidos, periodistas y personas en general, que salieron a la calle en número importante en las grandes ciudades. Continuó (¿o fue al revés?) con el “caso de Alsasua” y las peticiones de delito terrorista. Llegaron las denuncias contra los profesores catalanes por haber supuestamente afrentado a unos niños, hijos de guardias civiles. Siguió después con la muerte de una mujer de una paliza propinada por su exmarido en una calle de Burgos y el consiguiente discurso de falta de fondos para el Pacto de Violencia de Género, que el PP (partido gobernante en España) niega. Por medio ha ocurrido “la caída” de Cristina Cifuentes y la existencia de una Comunidad a la que se ha hecho un roto gigantesco, y para la que se busca un “cabeza de cartel” de su Gobierno. Todo al tiempo, todo junto.

Enseñar a convivir es una de las máximas sagradas en cualquier sistema democrático

-“Practica el desapego”- me cuenta una amiga que le recomendó su colega adicta al yoga, cuando ella le relatara su preocupación por una serie de incidencias no resueltas en el centro de trabajo, con responsables directos. Basta que se pueda. Que se pueda y deba. Porque si esa fuera la salida, ¿a quien le dejamos la responsabilidad de todas las responsabilidades? ¿Quien se hace portador de algo de luz? ¿Quien reconviene?¿O exalta? ¿O reconduce? Y porque, aún cuando esa fuera la solución ¿cómo llevarla a cabo, en mitad de tanto barullo, de tanto enfado, de tantas frustraciones?¿Quienes tienen las condiciones personales suficientes para comenzar tamaña tarea? Ganas dan, desde luego, de irse al bosque con la naturaleza. Tan dura, también, por otro lado.

A la postre los educadores siempre volvemos los ojos hacia nuestro propio mantel. No se puede estar continuamente haciendo hincapié en los desastres, sin buscar un atisbo de solución para ellos. Y sus causas, para cambiarlas. Por tener oxígeno con el que respirar. Enseñar a convivir es una de las máximas sagradas en cualquier sistema democrático. Y nadie que se sienta demócrata puede ir por la vida pensando que no va con él (o con ella) la obligación de seguir apostando por la convivencia. Cada uno en su oficio está obligado a colaborar. Y no hay pretextos.

Paradójicamente, el jueves pasado, el comunicado de disolución de ETA ha traído a los medios muchos testimonios humanos ejemplarizantes. He seguido, con atención, algunos programas radiofónicos muy buenos, exponentes claros de que siempre hay esperanza cuando existen el temple y la calidad. Desde el sufrimiento, las víctimas hablan sin gritos, contra el olvido. Y así debe ser para poder seguir viviendo. No son términos excluyentes.


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