La amistad y la palabra
Enrique Silveira

¿Quién no recuerda su adolescencia? Debe de ser la etapa más convulsa de la vida, dado el gran número de cambios a los que el ser humano está expuesto. No hay sosiego ni quietud; se suceden las transformaciones en catarata – todas trascendentes, capitales, inaplazables- y mudan los parámetros de tu existencia de tal manera que te sientes desamparado, desprotegido, inerme.

Tu piel, hasta hace poco tiempo delicada y exquisita, tersa y uniforme, se convierte ahora en la morada de abruptas imperfecciones que se multiplican sin cesar, como si hubiera un desmedido interés por crear una colonia en la que la recién llegada desea superar a su antecesora en grosor, coloración e incómoda ubicación.

Tu angelical voz, melodiosa y suave, prueba irrebatible de candor, torna en graznido estridente, quizá convertida en el canal de comunicación de un alienígena que quiere contactar con la humanidad y ha tomado al asalto tus cuerdas vocales.

No es nada fácil convivir con adolescentes porque probablemente encabezan el escalafón de los desestabilizadores profesionales

Tus extremidades, hasta ese tiempo en armonía con tu ropa, parecen querer escapar, tal es la vertiginosa velocidad con la que crecen, y te obligan a invertir en nuevos atuendos porque los que ahora ocupan tu armario han pasado a ser allí solo un estorbo.

Tu carácter, dócil y apacible, cariñoso y tierno, se convierte en torbellino incontenible, volcán en erupción, instrumento de avanzada tecnología para desarticular la paz familiar que antes se conseguía sin esfuerzo y ahora se antoja anhelo inalcanzable.

Así, irreconocible, tornadizo, irascible, afrontas los innumerables retos que te ofrece la vida, mientras soportas las muchas críticas que te llueven sin saber exactamente a qué se deben. Te achacarán que tu generación no responde a las exigencias de la sociedad como lo hicieron las precedentes; no aceptarán tu forma de vestir, tus ornamentos y mucho menos tu peinado; despreciarán la música que escuchas pues la consideran un ruido enloquecedor impropio de los herederos de Mozart; tildarán de inapropiadas a tus amistades; te reprenderán porque ya no besas ni en Nochevieja, cuando antes lo hacías a menudo sin necesidad de reclamártelo por vía judicial.

Pero nunca escucharás de los que achacan, desprecian, tildan y reprenden que ellos pasaron de la niñez a la juventud directamente sin experimentar los problemas inherentes a la evolución del ser humano. Negarán las muchas ocasiones en las que desquiciaron a sus progenitores a los que ahora rinden merecida pleitesía; repudiarán los ropajes de antaño, aquellos con los que intentaban alejarse de la apariencia de los adultos de entonces y que ahora provocan la carcajada y el rubor al distinguirlos en fotos antiguas; no reconocerán que Mozart, al que ahora veneran, no regalaba sus oídos por entonces, más bien lo hacía una banda de melenudos vociferantes que irritaba a los encargados de dirigir su instrucción. Por supuesto, no admitirán que su conducta fue en su momento cambiante y visceral, que el acceso a su sentimientos resultaba más difícil que la entrada en Fort Knox y que su expresión habitual en el conflicto dialéctico era el grito enfurecido.

No es nada fácil convivir con adolescentes porque probablemente encabezan el escalafón de los desestabilizadores profesionales, pero existe una posibilidad de entendimiento si resucitamos nuestras experiencias pasadas y nos pertrechamos con enormes dosis de paciencia, tolerancia y resignación. Si no, sufriremos los efectos de una conflagración en la que irremediablemente acabaremos derrotados. Recuerda: el trato con adolescentes no es un trabajo para desmemoriados.


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