La temperatura de las palabras /
José María Cumbreño

Desde hace unas semanas, en esta ciudad casi no se habla de otra cosa. Y es que las letras que se han colocado en la Plaza Mayor no consiguen que nadie se ponga de acuerdo. A unos les encantan; otros las consideran un esperpento. Independientemente de los gustos de cada uno, lo que me preocupa es la obsesión de nuestros políticos por promocionar sólo el envoltorio y no las bondades del caramelo. Las letras, se supone, servirán para que, en una época en la que todos desenfundamos el móvil con más rapidez que Billy el niño su revólver, los turistas se saquen unas cuantas fotos usándolas de fondo. De ese modo, se aspira a que el nombre de Cáceres se extienda por las redes sociales y sirva de publicidad que atraiga a más visitantes. Siempre que en una ciudad, sobre todo si tiene varios siglos, se inaugura algo se enciende cierta polémica. Recordemos, como ejemplo paradigmático, el de la mismísima Torre Eiffel, que tenía que estar en Barcelona y no en París. Los barceloneses en su momento no la quisieron porque les parecía horrorosa. Y no es que a los parisinos les gustase mucho más, pero, como les prometieron que, una vez concluida la exposición universal de 1889, la desmontarían, pues transigieron con ella. Lo que son las cosas. Ahora no nos imaginaríamos París sin la silueta de la torre. Una polémica parecida surgió no hace demasiados años en ciudades como Oviedo o Gijón. Lo que sucede es que en Oviedo las estatuas que salpican sus calles son obra de artistas tan reconocidos como Eduardo Úrculo, Fernando Botero o Manolo Valdés. De El elogio del horizonte, en Gijón, se puede afirmar lo mismo, ya que tiene como autor nada menos que a Eduardo Chillida. Y que conste que a muchos gijoneses al principio no les convencía. De hecho, una de las denominaciones populares del monumento es El váter de King Kong. En cualquier caso, como aseguraba antes, lo que me inquieta es que lo que se diría que obsesiona a los dirigentes municipales (pasados y presentes) es la superficie, el barniz, la cáscara, el continente, el embalaje. ¿Qué hay que sembrar la ciudad de obras con un valor artístico más que cuestionable? Pues se hace y punto. Pienso en la estatua de los nazarenos de San Juan, en la pareja que baila El Redoble en La Concepción o en Leoncia, condenada a seguir trabajando después de muerta. Realmente, ¿son dignas de una población que es patrimonio de la humanidad? Las letras estarían bien si en Cáceres las cuestiones que de verdad tienen que ver con la cultura estuviesen atendidas. Y me temo que no es así. En la pasada edición de Fitur, se utilizaron como reclamo las posibilidades de esta ciudad como plató de cine. A muchos nos gustaría contar no sólo con un decorado, sino con una trama interesante y un buen guion.


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