La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

No se elige aquello con lo que se ha de convivir en el momento de nacer. Te encuentras contingencias que han eclosionado en ese tiempo y forman parte inexcusable de tu horizonte. Entre ellas las hay que te enorgullecen y otras a las que acabas aborreciendo porque no por mucho coexistir se entienden mejor. A pesar de que la Transición tiene ahora detractores furibundos, la recuerdo como una época repleta de buenos propósitos, tolerancia y comprensión, pero los claroscuros son inevitables. Casi todos estos provienen de lo que se ha convertido en una pústula inoperable en nuestra sociedad: los absurdamente denominados independentismos periféricos que han asolado nuestro sosiego hasta transformarlo en zozobra permanente.

¿Hay algo más digno para un ser humano que rebelarse contra el despotismo? Eso ha procurado el independentismo a lo largo de la historia y ha servido para promover la gloria de algunos pueblos que han cimentado su singularidad en ese primer esfuerzo, que rara vez se resuelve sin derramamiento de sangre. Pero los que anhelan la secesión cerca de nosotros no huyen de la opresión. Sus intereses no son tan honorables. Aparte de recibir espléndidas dádivas de la diosa Fortuna, en forma de excelente ubicación geográfica, un clima variado y llevadero y la connivencia de los hados, también los humanos circundantes han puesto su grano de arena en forma de generosas inversiones provenientes de la caja común, un proteccionismo que llama a la prosperidad y la imprescindible colaboración de brazos nacidos en otras latitudes, pero prestos para el trabajo. Lejos de mostrarse agradecidos, los feroces independentistas arremeten contra su entorno al que culpan de todos sus males debido a su incapacidad para ejercer la autocrítica, costumbre imprescindible para sanear la sociedad a la que perteneces.

De esta forma el perfil del segregacionista, del fogoso amante de la emancipación, aparece como un modelo aborrecible basado en la soberbia, la xenofobia, la testarudez, el radicalismo – a veces acantonado en la más perversa violencia-, la estupidez más primaria y, sobre todo, en una insolidaridad lacerante que avergonzaría a cualquier persona con el cerebro – y el alma – en su sitio.  

Si se busca un arquetipo que sirva de sustento a una sociedad que desea mirarse al espejo sin avergonzarse, deberíamos escudriñar entre los antagonistas de estos próceres del aislacionismo y la autarquía, pero la terminología no está muy clara, pues el antónimo de independentista debería ser opresor y ha quedado descartado definitivamente.

A tiempos nuevos, palabras nuevas. Con un sencillo ejercicio gramatical podemos obtener un término que pueda servir. Solo hace falta prescindir del prefijo negativo y encontrarnos súbitamente con la palabra dependentista. Asignarle definición es harto sencillo, basta con hacer lo contrario de lo que suele distinguir a los independentistas, a saber: no impondrás tus señas de identidad ni tu idioma a los demás como si las suyas no fueran igualmente sagradas; no tergiversarás la Historia para esconder tus miserias y que parezcan herencia ajena; no discriminarás a nadie por el simple hecho de haber nacido en otra comarca, que en todos los sitios hay gente de bien; no mirarás a nadie por encima del hombro, que de cualquiera puede aprenderse algo; procurarás ser más solidario, aunque solo sea porque algún día necesitarás la generosidad de otros; no manipularás los entresijos del gobierno para imponer el pensamiento único, sobre todo si este es una pamema que no aceptan ni las inteligencias de menor rango. En definitiva, intentarás ser tolerante y altruista; para ello solo debes dejar de mirar exclusivamente tu ombligo.

¿Quieres ser dependentista conmigo? Gozaremos de buenas relaciones porque no aburriremos al prójimo hasta la exasperación. Además, no tendremos que patear las calles envueltos en una bandera, como borregos, y resolveremos nuestros problemas de forma civilizada…no como los independentistas.


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